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La importancia de ser estúpido

No sé porque empecé a escribir el día hoy, supongo que es resultado de este pinche frío que hoy golpea mi casa y que me invita a quedarme adentro con un chocolate caliente escuchando al maestro Edgar Oceransky. Hace años que no me enfrentaba a la hoja en blanco y sinceramente me asusta hacerlo, no sé exactamente qué decir a pesar que tengo tanto que sacar. Más bien, creo el verdadero conflicto es ¿para qué escribir? Desconozco dónde terminarán estas letras, tal vez en Facebook, en un blog, también podrían filtrarse poco a poco en Twitter o puede ser que simplemente permanezcan guardadas en mi computadora. Ya veremos.

Ayer cumplí dos meses y una semana viviendo en Chicago (bueno, medio cerca de Chicago). Han sido sesenta y tantos días excepcionales en los que he vivido experiencias y he sentido cosas que hace años no sentía (tal vez es por eso que estoy escribiendo de nuevo). A veces nos hace falta salir de nuestra cotidianidad para darnos cuenta qué tan muertos estábamos. No me mal interpreten, no es que mi vida apestara antes de venir aquí, al contrario, lo tenía todo: familia, trabajo, proyectos, amigos y lo más importante, alguien con quien compartir todo esto. Aparentemente nada ha cambiado desde entonces, todo sigue igual y mi vida cotidiana me está esperando con ansias en la Ciudad de México, sin embargo mi menta ha cambiado y eso lo cambia todo.

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