Encendimos el motor

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Todo empezó en el 2008, aquella necesidad puberta de sacar la parvada de ideas que volaban en mi cabeza me obligaron a crear un espacio para escupir cada palabra que incomodaba mi mente. Ya saben, esas palabras que no se pueden decir, pero que si no se avientan se pudren dentro. Además, en ese entonces yo me sentía todo un García Márquez en potencia y, después de leerme las historias del Coronel Aureliano Buendía, encontré el ego la valentía necesaria para escribir mis propias historias y compartírselas al mundo. 

Después de varios intentos fallidos, por fin me topé con El Microbús, ese espacio tan personal y público que yo estaba buscando desde los 14 años, en el cual podía dejar rastro de cada pensamiento con la dosis necesaria de ingenio o huevos para ser publicado y así encuerar mis ideas frente a una “audiencia”. Aunque en aquel entonces yo me sentía un blogstar más influencer que Yuya, la verdad dudo que pasará de los 30 lectores al mes. Aún así yo seguía escribiendo, al menos para mí mismo, pues era la mejor terapia para mis traumas y a mi mamá le salía más barato que un psicólogo.

Cuando por fin se me curó mi corazoncito, El Microbús dejo de lado las cursilerías de la secundaria y tomó rutas mejor pavimentadas. La tecnología, el arte y la comunicación se apoderaron de mi vida y entonces encontré en el blog un lugar ideal para compartir algo más que historias, sino un proyecto enfocado en difundir opiniones, noticias, reseñas, chistoretes, quejas, videos y demás contenido relevante, empaquetado en letras irreverentes y creativas. De no haber sido por mi mente dispersa, El Microbús sería la versión bien hecha de sopitas.com, yo sería el ídolo social de los millennials y cada fin de semana viajaría a Inglaterra para ver la Premier League… pero preferí concentrarme en vencer el nivel legendario del FIFA.

Con la explosión de las ahora famosas redes sociales, El Microbús se fue jodiendo poco a poco; se le chingó la suspensión y los frenos empezaron a fallar lentamente. El formato del blog dejó de tener sentido para mí, pues cada pequeña idea que tenía se filtraba de inmediato en un tweet o en una publicación que se sentía más valorada con un par de likes que abandonada en un sitio que a nadie le importaba. Fue así como permaneció abandonada esta unidad por más de cuatro años.

Si bien encontré nuevas formas de contar historias tras la cámara, sobre el escenario y en los medios digitales, algo por dentro se movía cada vez que me topaba con una hoja en blanco. Extrañaba sentarme  a redactar las platicas que tenía conmigo mismo e inevitablemente me di cuenta que nunca debí de alejarme de las letras. Sin embargo, el reloj se encargaba de recordarme que “no había tiempo”. La escuela, el trabajo, los amigos, los proyectos y la errónea idea de siempre querer ser lluvia, hicieron que olvidara la importancia de sentarse a ver llover. 

No fue hasta que en el otoño del 2013 viajé a Chicago y después de 5 meses fuera de mi vida cotidiana redescubrí lo mucho que disfrutan mis manos teclear algo más que mails para programar juntas. El Microbús encendió su empolvado motor y empezó a pasearse por mi cabeza, tanto que hasta le dediqué una de mis uvas el primero de enero. Me tomé unos meses para pensar bien el por qué, para quién y el cómo de este proyecto y por fin lo he encontrado.

Hoy llenamos el tanque, inflamos las llantas, encendimos el motor, metimos primera y emprendemos un nuevo viaje. El Microbús está de vuelta con toda la intención de explorar nuevas rutas, recoger más pasajeros y seguir compartiendo pasajes. Venimos con nueva imagen, nuevas ideas, nuevo sitio, nuevas rutas, pero la misma cuota de siempre.

¡Súbale! ¡Súbale! Que hay lugares.

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