La importancia de ser estúpido

No sé porque empecé a escribir el día hoy, supongo que es resultado de este pinche frío que hoy golpea mi casa y que me invita a quedarme adentro con un chocolate caliente escuchando al maestro Edgar Oceransky. Hace años que no me enfrentaba a la hoja en blanco y sinceramente me asusta hacerlo, no sé exactamente qué decir a pesar que tengo tanto que sacar. Más bien, creo el verdadero conflicto es ¿para qué escribir? Desconozco dónde terminarán estas letras, tal vez en Facebook, en un blog, también podrían filtrarse poco a poco en Twitter o puede ser que simplemente permanezcan guardadas en mi computadora. Ya veremos.

Ayer cumplí dos meses y una semana viviendo en Chicago (bueno, medio cerca de Chicago). Han sido sesenta y tantos días excepcionales en los que he vivido experiencias y he sentido cosas que hace años no sentía (tal vez es por eso que estoy escribiendo de nuevo). A veces nos hace falta salir de nuestra cotidianidad para darnos cuenta qué tan muertos estábamos. No me mal interpreten, no es que mi vida apestara antes de venir aquí, al contrario, lo tenía todo: familia, trabajo, proyectos, amigos y lo más importante, alguien con quien compartir todo esto. Aparentemente nada ha cambiado desde entonces, todo sigue igual y mi vida cotidiana me está esperando con ansias en la Ciudad de México, sin embargo mi menta ha cambiado y eso lo cambia todo.

 Mandar a la mierda todo y venirme a platicar conmigo mismo 4 meses no ha sido fácil. Alejarte de las personas que más amas, de tus pasiones, de tu cultura, de tu gente, sin duda te arde por dentro. Supongo que todo tiene su precio. Aún me río cuando recuerdo cómo imaginaba este viaje tempo atrás, me veía solo en un simple y ordenado cuarto con un gran escritorio en donde mi computadora y mi cuaderno de notas admiraban la inmensa y preocupante ciudad de Chicago por la ventana. Pensaba que sería un break productivo, en donde por fin podría ejecutar todas esas ideas y proyectos que traigo atorados dentro porque las 24 hrs del día en México nunca me han sido suficientes.

Bien dicen que si quieres hacer reír a Dios hay que contarle tus planes. Hoy somos un japonés, dos franceses y un mexicano (sí, como de chiste) viviendo en un sucio departamento en donde abundan platos usados, colillas de cigarro, comida congelada, baños tapados, latas de cerveza, ropa sudada y grandes historias. ¿Trabajo? No. Nuestra vida diaria podría resumirse en jugar futbol en la sala, platicas nacionalistas por la tarde y terminar el día jugando cartas. En mi ventana no está Chicago y sus hermosos edificios, están los más bellos árboles que he visto y un paisaje digno de Bob Ross. Nada salió como esperaba, cuando más solo me imaginaba más acompañado me encontré.

Si tuviera que resumir los dos meses y cacho que llevo aquí en una sola palabra sería: estúpido. Y curiosamente, eso es lo que más falta me hacía. Ante de venir aquí estaba tan preocupado en no equivocarme que se me olvidó lo divertido que es hacerlo; me angustiaba tanto aprovechar mi tiempo que olvidé lo hermoso que es estar aburrido; buscaba que todo fuera perfecto que dejó de ser creativo; quería parecer tan inteligente que dejé de ser estúpido. Sin embrago, en todo este tiempo re-descubrí el valor de cagarla de vez en cuando, de pasar un día entero sin tocar la computadora, de salir a caminar sólo porque sí, de detenerte a ver la gente (incluso de conocerla), de lavar los platos, de mirar el atardecer, de dejar de ser lluvia para sentarte a ver llover un rato.

Nuestro cerebro entra en una zona de confort cuando se acostumbra a tu entorno que dejas de notar las grandiosas cosas que suceden a tu alrededor. Por eso es importante incomodarlo de vez en cuando. Necesitas alejarte de la pantalla, pasar unos meses (o mínimo unos días) en otras tierras con gente que no te entiende y que hace cosas diferentes a las que estás acostumbrado. Darte el permiso de perder tu tiempo, de jugar, de ser estúpido.

Lo que era un break productivo se transformó en un break creativo, en el cual mi cerebro está abierto al 100% para cualquier cosa que quiera entrar en él, sobre todo cosas estúpidas. Estos 4 meses para re-conectarme con el mundo; para poner los pies en la tierra y recordar lo pequeño que somos me sirven para comprobar la importancia de no desperdiciar nuestra vida intentando ganarla.

Smart has the plans, stupid has the stories.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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