¿No puedes pasar 3 años sin decepcionarme?

3 años después me senté a leer mis intenciones del pasado. La experiencia de encontrarme con mi versión de 21 años me causó orgullo y decepción a la vez. Tal vez más de lo segundo.

Orgullo porque leo sus planes y no suenan tan distantes a mi presente. Ese ‘espacio de expresión’ que tanto buscaba hoy se llama Hunters y tiene más de 125 mil personas pendientes. Sí, es muuuy diferente a un blog, pero la esencia descrita entonces es la misma:

‘Un lugar ideal para compartir algo más que historias, sino un proyecto enfocado en difundir opiniones, noticias, reseñas, chistoretes, quejas, videos y demás contenido relevante’.

Siempre pensé en Hunters como un proyecto nuevo, como una idea que sucedió en un día, como un accidente de mi ociocidad… Hoy, al leerme hace 3 años, descubrí que Hunters lleva conmigo desde mi adolescencia. Sí con otros nombres, sí en otras plataformas, pero presente desde entonces. Increíble cómo pude robarme ideas a mí mismo, Austin Kleon estaría sorprendido.

Tres párrafos después el orgullo se destroza. Llega el momento de leer mis buenas intenciones y darme cuenta que siempre he sido y seguiré siendo eso, un tipo repleto de intenciones. Descubro que todo el texto se trataba de que ‘ahora sí’ me iba a enfocar en crear contenido cotidianamente, que ahora sí había llenado el tanque creativo y estaba repleto de ideas por explorar. Seguramente no mentía, ideas nunca me han faltado, pero porque todo el mundo las tiene. Los que son pocos, son los que las hacen y siempre me ha costado trabajo ser de esos.

Lo decepcionante no es que no me haya durado ni una semana la intención de generar contenido. Lo decepcionante, es que casi 4 años después, todos los días en Hunters me sigo prometiendo lo mismo. Por suerte, ya no lo publico en internet y cada domingo sólo me engaño a mí mismo.

 

Encendimos el motor

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Todo empezó en el 2008, aquella necesidad puberta de sacar la parvada de ideas que volaban en mi cabeza me obligaron a crear un espacio para escupir cada palabra que incomodaba mi mente. Ya saben, esas palabras que no se pueden decir, pero que si no se avientan se pudren dentro. Además, en ese entonces yo me sentía todo un García Márquez en potencia y, después de leerme las historias del Coronel Aureliano Buendía, encontré el ego la valentía necesaria para escribir mis propias historias y compartírselas al mundo. 

Después de varios intentos fallidos, por fin me topé con El Microbús, ese espacio tan personal y público que yo estaba buscando desde los 14 años, en el cual podía dejar rastro de cada pensamiento con la dosis necesaria de ingenio o huevos para ser publicado y así encuerar mis ideas frente a una “audiencia”. Aunque en aquel entonces yo me sentía un blogstar más influencer que Yuya, la verdad dudo que pasará de los 30 lectores al mes. Aún así yo seguía escribiendo, al menos para mí mismo, pues era la mejor terapia para mis traumas y a mi mamá le salía más barato que un psicólogo.

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La importancia de ser estúpido

No sé porque empecé a escribir el día hoy, supongo que es resultado de este pinche frío que hoy golpea mi casa y que me invita a quedarme adentro con un chocolate caliente escuchando al maestro Edgar Oceransky. Hace años que no me enfrentaba a la hoja en blanco y sinceramente me asusta hacerlo, no sé exactamente qué decir a pesar que tengo tanto que sacar. Más bien, creo el verdadero conflicto es ¿para qué escribir? Desconozco dónde terminarán estas letras, tal vez en Facebook, en un blog, también podrían filtrarse poco a poco en Twitter o puede ser que simplemente permanezcan guardadas en mi computadora. Ya veremos.

Ayer cumplí dos meses y una semana viviendo en Chicago (bueno, medio cerca de Chicago). Han sido sesenta y tantos días excepcionales en los que he vivido experiencias y he sentido cosas que hace años no sentía (tal vez es por eso que estoy escribiendo de nuevo). A veces nos hace falta salir de nuestra cotidianidad para darnos cuenta qué tan muertos estábamos. No me mal interpreten, no es que mi vida apestara antes de venir aquí, al contrario, lo tenía todo: familia, trabajo, proyectos, amigos y lo más importante, alguien con quien compartir todo esto. Aparentemente nada ha cambiado desde entonces, todo sigue igual y mi vida cotidiana me está esperando con ansias en la Ciudad de México, sin embargo mi menta ha cambiado y eso lo cambia todo.

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